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sábado, 8 de septiembre de 2012

Alfonso Ussía: “Hemos confundido democracia con silencio y libertad con hipocresía”



Alfonso Ussía/LR.- Me decía mi cada día más añorado Antonio Mingote: «Si dijéramos en público lo que manifestamos en privado, más de uno se llevaría un susto». Cierto como que existen las vacas lecheras. Hemos confundido democracia con silencio y libertad con hipocresía. Sólo se atreven a decir lo que piensan los que carecen de complejos.

El complejo de demócrata es tan nocivo como el complejo de inferioridad. Un demócrata, un ciudadano que respeta la opinión ajena, cumple con sus obligaciones tributarias, vive pacíficamente, supera las dificultades, acude a las urnas a depositar su voto y cree vivir en libertad, tiene todo el derecho del mundo a decir lo que piensa, aunque ello resulte políticamente incorrecto para los acomplejados. Aunque no me gustan algunas de sus artimañas, me tranquilizó lo que se atrevió a decir Basagoiti días atrás. «Me importan un bledo los enfermos de la ETA». Coincido plenamente en el bledo. Un Estado de Derecho, como lo es el español, no puede sostenerse camuflado en el eterno temor al qué dirán. Me importa un bledo el qué dirán a estas alturas de mi vida. Ha fracasado rotundamente el concepto de Estado de las Autonomías. Aquel «café para todos» ha terminado con nuestros recursos. España tiene en los actuales momentos 400.000 políticos que pagamos entre todos. A ellos hay que sumar los asesores personales.

España ha vuelto al feudalismo con diecisiete reyezuelos, dos de los cuales reinan y derrochan en sus territorios con un único fin: la escisión, el separatismo y la patada en el culo a quienes no hemos hecho otra cosa que soportar sus continuas impertinencias, y en el caso del nacionalismo vasco, su complicidad romántica con los asesinos. Adelgazar el Estado no significa reducir el número de ministros, de concejales y de asesores. Es más traumático, pero pronto se verían las excelencias de la buena cirugía.

El buenismo de nuestra Sanidad y nuestra Defensa no tiene parangón en ninguna nación civilizada y desarrollada. España es una democracia en la que insultar al Rey, vejar a los jueces y miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado y robar a la luz del día, se han convertido en «asuntos menores». Encarcelamos a los que roban gallinas y soltamos a los criminales terroristas por temor a un alboroto.

Tenemos un Tribunal Constitucional del que forman parte seis individuos que abren las puertas de las instituciones a los terroristas. Los seis, qué casualidad, designados por el PSOE. Tenemos presidentes de comunidades, es decir, representantes del Rey en sus territorios, que se sientan todos los meses con los terroristas para pactar el futuro.

Tenemos, en Cataluña, un Gobierno de la Generalidad que desobedece y tira a la papelera las sentencias del Tribunal Supremo.

Tenemos unos sindicatos que quieren quemar la calle con el dinero que le damos, no voluntariamente, los chamuscados o incinerados por su brutalidad del siglo XIX. Tenemos una Oposición desleal y antidemocrática que no ha sabido perder las elecciones, y un Gobierno pusilánime, acomplejado y a todas luces, ineficaz.

Tenemos una deuda con las víctimas del terrorismo, que en lugar de solventarla, la estamos aumentando con nuestra cobardía y silencio. Tenemos una nación maravillosa, España, masacrada por un Estado, su administrador, rotundamente nefasto.

Tenemos a una derecha que empieza a esconderse y a una izquierda que vive con ochenta años de retraso.

Tenemos una clase política – con excepciones –, singularmente lamentable. Y tenemos a nuestros soldados en Afganistán y en el Líbano, allá donde son enviados, cumpliendo con un espíritu insuperable, cuando en realidad donde nos harían falta es en Guipúzcoa. Y eso es lo que quería decir y que nadie se atreve. Ya hemos cumplido con Afganistán. Vamos a cumplir con España, y a ver qué tal.

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sábado, 31 de julio de 2010

De la revolución al separatismo

Nacionalismo

Pío Moa
 
2010-07-28

O, más justamente, de la revolución obrerista a la revolución separatista, pues se trata en los dos casos de auténticas revoluciones, ya que se proponen cambios históricos radicales. España se enfrenta a una larga serie de problemas, ligados entre sí, pero tal como en los años 30 el problema más decisivo era el revolucionario, que abocó a una guerra civil, en la actualidad es el separatista. Quiere esto decir que resolver ese problema contribuiría a la solución de muchos otros. Por lo tanto es preciso dedicar las energías principales a afrontarlo, y tal debe ser el punto clave de un programa político.
Es precisa una visión clara del asunto: no basta señalar la evidencia de que el separatismo es cosa de minorías y de políticos corruptos, etc., ajenos a la masa de cada región, porque la masa siempre es dirigida por alguna minoría (todo partido lo es), y frente a esas minorías más o menos separatistas no existe hoy ninguna minoría organizada opuesta. No lo son, desde luego, el PP ni el PSOE, pues ambos contribuyen al proceso de descomposición de España. Y contribuyen no sólo por pasiva, al aceptar la iniciativa separatista con más o menos restricciones, sino también por activa, impulsándola como ha hecho el PSOE con el estatuto catalán, o imitando ese estatuto en Valencia o Andalucía, como ha hecho el PP. Todo ello deslegitima a esos políticos. Paralelamente, la información de la inmensa mayoría de la gente sobre esta cuestión crucial es rudimentaria y falseada por mil prejuicios.
Vidal-Quadras lo ha explicado así: los separatistas de diversas regiones tienen un plan, consistente en disgregar España, concebida como un mal histórico. Un plan que llevan más de un siglo persiguiendo tenazmente, adaptándolo a las circunstancias de cada época, y que en varias ocasiones, pero principalmente hoy, han parecido próximos a realizar. Y frente a ese plan no existe hoy un plan contrario capaz de reconducir el proceso, pues hasta ahora no se ha pasado de las críticas y las denuncias dispersas, a menudo en plan francotirador. Y quien tiene un plan termina por ganar la partida a quienes actúan de forma divagante, sin un objetivo preciso.
La gravedad de la situación radica precisamente ahí. Frente a los proyectos revolucionarios de los años 30 (que incluían el separatismo, aunque en segundo término), existían proyectos opuestos, sobre todo el de la CEDA, si bien estuvieron a punto de ser anegados por la marea revolucionaria e izquierdista. En la actualidad, el empuje separatista es incomparablemente menor que el revolucionario de aquellos años, pero extrae su fuerza y audacia precisamente de la ausencia de una oposición estructurada. No obstante, en España es tradición que cuando las clases dirigentes fallan, como en el caso de la invasión francesa, el pueblo tome los asuntos en sus manos. Y ahora es la ocasión. Todos los partidarios de la unidad de España deben plantearse seriamente cómo invertir la presente deriva balcanizadora.
 

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lunes, 6 de octubre de 2008

El Teseo de los Nacionalistas (I)

César Vidal

Los humanistas del s. XV nos transmitieron un adagio griego que consistía en apostillar ante las pretensiones de alguien la expresión “No sin Teseo”.

Así, los griegos indicaban que de la misma manera que muchos héroes en la Antigüedad no realizaron hazañas sin la colaboración de Teseo, muchas personas no podrían conseguir lo que persiguen sin el respaldo de alguien esencial para alcanzar sus objetivos. He recordado esta semana este dicho popular al saber de lo sucedido el jueves pasado en el parlamento de Cataluña. El mismo en que el parlamento catalán votaba a favor de instar al gobierno nacional-socialista de Cataluña para que se anulara el proceso de Lluis Companys, una propuesta – instada por Ciudadanos y apoyada por el PP – en la que se pedía la condena de ETA era derrotada por la acción conjunta de socialistas, comunistas y nacionalistas incluidos los supuestamente moderados de CiU. Se dirá que quizá todo tiene cierta coherencia porque Companys hizo carrera defendiendo terroristas y además, siendo presidente de la Generalidad, en Cataluña se dio muerte a más personas por razones políticas que durante todo el tiempo de gobierno de Franco en esta bella región española. Lo digo con profundo dolor, pero creo que todos los que votaron en contra actuaron con enorme coherencia porque los nacionalismos vasco y catalán no hubieran podido sobrevivir estas décadas – mucho menos alcanzar lo que han conseguido – sin apoyarse consciente y reiteradamente en ETA...

ATC Journal. ¡Llevamos la información!

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